25/02/2024

PERSONAS QUE BRILLAN Y PERSONAS QUE ILUMINAN

La luz es la luz, por supuesto, pero la luz puede hacer brillar un objeto o el objeto puede emitir su propia luz. La diferencia puede ser obvia a simple vista, pero encierra una sabia lección.  Hay personas brillantes y hay personas que iluminan, la diferencia es abrumadoramente reveladora.

 

PERSONAS BRILLANTES, APARENTEMENTE…

Como decía al principio, todos y todas conocemos a personas brillantes. Ese tipo de persona a la que, aparentemente, todo le va bien. Brillante en los negocios, en las relaciones y en todo lo que se propone. Ese tipo de persona que, haciendo ostentación de su brillantez, se deja notar destacando por encima de los demás mortales. A menudo esa brillantez ha sido bruñida con el trabajo de otros, con la consideración, influencia y apoyo de otros o con el sometimiento de otros. Todo es lícito y legal, como en el amor y la guerra, para transformar esa mugrosa pátina exterior por una fina y brillante capa de pan de oro brillante, inaccesible y deslumbrante.

 

 

Al igual que la cegadora luz dañaba los ojos de los saqueadores de tumbas faraónicas al intentar acercarse a ellas, la fulgurante brillantez de estos sujetos repele, hiere y aleja a los que, en un alarde de valentía, osan acercase a ellos.

Esa brillantez no es más que ego pulido, un ego que sale a la superficie y que sirve de vestimenta y armadura para mantenerse a distancia de los demás. Un ego, al fin, que daña de dentro hacia afuera, que convierte la podredumbre interior en brillo exterior.

 

PERSONAS QUE ILUMINAN, ESTÁN AHÍ…

Por otro lado, existen las personas que iluminan. Quizás abunden más que las anteriores, pero no suelen hacer aspavientos, ni provocan revuelos ni alborotos, por lo que a simple vista son más difíciles de detectar. Ese tipo de persona que anteponen el cómo solucionar un problema a buscar la culpabilidad en lo ajeno. Ese tipo de persona colaboradora, que siempre tiene una mano tendida y que encuentra en el bien común su razón de ser. No hablo de ser un asceta que se despoje de todo para entregarlo a los demás, hablo de la persona que, cuidándose a sí mismo y tratando de estar lo mejor posible en todos los sentidos, es capaz de inspirar a los demás a ser mejores personas y conseguir todo lo que necesitan. Evidentemente nadie puede dar lo que no tiene y si se quiere dar a los demás lo mejor, hemos de cultivarlo en nuestro interior.

 

 

No hablo de moral, de ética, de religión o de espiritualidad, hablo de lo que va más allá de todo eso y trasciende todo ello. Hablo de esas personas que van un paso por delante de los demás para facilitarles el camino, servirles (en la amplia acepción de la palabra) de guía y acompañarles durante el recorrido.

Hay personas así, muchas, pero para detectarlas hemos de buscarlas y estar preparados para encontrarlas, y no dejarnos cegar por las que solamente brillan, sin iluminar.


En definitiva, existen dos tipos de personas, las que brillan y las que iluminan, pero la cuestión no es que tratemos de clasificar a las personas que tenemos en nuestro círculo cercano, eso no sirve de mucho. La verdadera lección, el verdadero reto, es mirar nuestro interior y saber despojarnos de nuestro ego. Aprender a apagar nuestro ego interior para dejar de brillar y centrarnos en aprender a iluminar nuestro camino y el de los demás.

Las personas que iluminan son esenciales para nuestro bienestar emocional y psicológico. Su luz nos ayuda a ver el camino en momentos de oscuridad, y su presencia nos hace sentir más seguros y reconfortados. A menudo, estas personas no se dan cuenta de su propio poder, y pueden sentir que su contribución es insignificante en comparación con aquellos que brillan con luz propia. Sin embargo, su impacto en nuestras vidas es invaluable.

Es importante reconocer que no todas las personas están destinadas a brillar en el sentido tradicional de la palabra. A veces, nos sentimos presionados para destacar y sobresalir en un mundo cada vez más competitivo y exigente. Sin embargo, debemos recordar que la grandeza no se mide por la cantidad de atención que recibimos, sino por la calidad de la contribución que hacemos a los demás.

Ser una persona que ilumina no significa que debamos renunciar a nuestros propios sueños y metas. Al contrario, cuando somos felices y exitosos, tenemos más energía y recursos para compartir con los demás. La clave está en encontrar un equilibrio entre nuestro propio crecimiento y el servicio a los demás.

Por supuesto, no es fácil ser una persona que ilumina todo el tiempo. Todos tenemos momentos de debilidad y oscuridad en los que necesitamos apoyo y ayuda de los demás. En esos momentos, es importante saber pedir ayuda y aceptar la ayuda de quienes nos rodean. Así, podemos crear una red de apoyo mutuo en la que cada uno aporta su propia luz y su propia sombra.

En conclusión, el mundo necesita tanto a las personas que brillan como a las personas que iluminan. Cada uno de nosotros tiene un papel que desempeñar en la creación de un mundo más justo, amoroso y compasivo. Si podemos encontrar nuestro propio equilibrio entre brillar y iluminar, podemos crear una vida y un mundo más significativos y gratificantes para todos.

Eso no es fácil, estamos en ello, es un camino de aprendizaje continuo. Aprender a no juzgar a los demás y a no ser extremadamente duros con nosotros mismos, puede ser un buen comienzo.

Feliz camino…

Diego Gallardo

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