27/09/2021

EL VIEJO Y LOS CANGREJOS

Esta historia habla sobre por qué las personas que nos rodean no nos permiten llevar a cabo nuestros planes, no sabemos la razón, pero lo cierto es que los más cercanos son los que habitualmente nos apartan de nuestros sueños.

 

Era una tarde de finales de verano y paseaba junto a la orilla del mar, la suave brisa me acariciaba el rostro y me impregnaba de ese aroma que añoramos en el invierno. Un aroma a salitre y arena mojada que me hacía recordar infinitas tardes de juegos y baños en tiempos remotos, en los que los días eran largos y placenteros, y las noches calurosas y claras.

Con las zapatillas en la mano, el pantalón remangado y la camiseta al hombro, caminé por la orilla hasta llegar a una zona en que la pleamar había dejado al descubierto una sinfonía desordenada de rocas que eran bañadas por el embestir de las olas. Sobre una de esas rocas estaba un hombre en cuclillas inclinado sobre los recovecos que formaban las rocas, desde mi distancia parecía no tener menos de setenta años.

Al acercarme, pude ver que efectivamente era un señor mayor. Con unas viejas chanclas de olvidado color, pantalón gris, camisa a cuadros de colores desgastados verdes y rojos, una gorra de visera, de esas de publicidad de alguna marca de aceite de motor de coches y un pitillo en la comisura de los labios.

Desde su posición me veía venir, desde lejos, así que cuando llegué a su altura levantó la vista y me saludó sin hablar, con un golpe de cabeza hacia arriba. Yo le respondí con un breve saludo:

– Buenos días.

Él entonces se giró hacia mi, y muy bajito me respondió, con media sonrisa, la justa para que no se le cayese el pitillo:

– Shhhhh, no hable alto que me espanta a los cangrejos.

Asentí con la cabeza, acompañándolo con una mueca ridícula en mi cara, mientras me acerqué sigilosamente al viejo lobo de mar. Él me sonrió al completo, ya que soltó la media colilla que tenía en los labios, y se incorporó. De pie me percaté de que aunque era ya mayor, tenía un porte fuerte y trabajado, brazos rudos de marino y era algo más alto que yo.

– ¿Qué, dando un paseo, no?

– Sí, aquí estoy paseando un rato, es bueno despejarse de vez en cuando. ¿Qué tal, pican los cangrejos?

– Ja, ja, ja sí, sí que pican, sobre todo en las manos, ja, ja, ja

Me contestó esto entre carcajadas, mientras me enseñaba sus duras y callosas manos, picoteadas aquí y allá por los cangrejos. Él se volvió a las rocas, parecía haber oído algo, se agachó de nuevo, sumergió medio brazo en el agua, dentro de los huecos que se encontraban en las rocas y despues de hurgar unos segundos, levantó con fuerza la mano. Una cangrejo de considerables dimensiones luchaba por soltarse de su experta mano de mariscador y otro algo más pequeño se asía con fuerza con una de sus pinzas a su dedo meñique. Acto seguido, introdujo la mano en un cubo azul que tenía a su lado y sacudiendo la mano, dejó caer a los crustáceos en el cubo. Todo ello en menos de 15 segundos.

 

 

Se giró hacia mí y sonrió al ver mi cara de sorpresa. Le dije:

– Eso tiene mérito, y años de experiencia, ¿no?

– Ja, ja, pues sí, las dos cosas. Llevo algunos años, me va bien. Algunos son para mi mujer y para mi, y otros los vendo a un bar del pueblo, así me entretengo.

Mientras le devolvía la sonrisa, le eché un vistazo al cubo azul. En el fondo una veintena de cangrejos se revolvían entre chasquidos agudos y se apelotonaban y subían incansablemente unos sobre otros. Era una cantidad considerable de crustáceos, que ocupaban algo más de medio cubo. Algo me llamó la atención: el cubo no estaba tapado, así que pensé que aquel pobre hombre en un descuido podría perder todo aquel botín si los cangrejos lograban salir del cubo.

– Una cosa, ¿Cómo que no tapa el cubo con una tapa o algo?, ¿No teme que se le escapen los cangrejos y haya tirado su jornada de trabajo por la borda?

– Ja, ja. Como se nota que no conoces a los cangrejos…

Sorprendido, me quedeé pensando, mientras seguía mirando a los cangrejos en el cubo y su incansable lucha, unos sobre otros. Miré inquisitivamente al viejo, que prosigió su explicación:

– Te voy a explicar algo, una cosa que por lo que veo no conoces, pero que si la piensas te hará aprender una lección que quizás puedas aplicar a otras cosas de la vida.

Me quedé sorprendido con la introducción que hizo sobre la explicación que me iba a dar, me dió la sensación de que me iba a explicar algo importante y me dispuse a escucharlo, me dijo:

– Mira al cubo. Si te fijas verás algo curioso. Fíjate que cuando yo pillo el primer cangrejo y lo meto en el cubo tiene muchas más posibilidades de escapar él solo, que cuando en el cubo hay varios cangrejos. Míralos fijamente. ¿Qué ves?

 

 

Yo, presté toda mi atención al cubo, y por más que miraba solo veía una infinidad de cangrejos, luchando entre ellos, emitiendo chasquidos, y tratando de salir, unos sobre otros, unos enganchados a otros… de pronto empecé a entender. El viejo, al ver que mi rostro cambiaba de gesto, al empezar a entender la lección, prosigió:

– Efectivamente, creo que lo has entendido tú solo, pero por si acaso, ja, ja, te lo voy a explicar. Los cangrejos son criaturas raras, verás lo que hacen. Cuando hay un solo cangrejo en el cubo, es fácil que pueda escapar. El cangrejo se arma de valor y, como son muy testarudos, trepa y trepa y aprovecha cualquier imperfección del viejo cubo para usarlo como palanca y con la fuerza de sus pata y pinzas se impulsa hacia arriba. De hecho cuando he tenido uno solo de ellos en el cubo, alguna vez se ha escapado.

Pero en cambio, cuando tengo varios en el cubo, me despreocupo, podría irme a casa y echar una siesta, que si vuelvo, ahí están. Los cangrejos tienen un instinto muy cruel, si ellos ven que un ejemplar trata de escaparse del cubo, lo agarran de sus pinzas y entre todos lo hacen bajar. Es como si no quisieran que uno de ellos se saliese del cubo y tratan de sabotear la huída de su hermano, entre todos lo vuelven al lugar del que quiere salir. 

Es como si esos chasquidos agudos que escuchas quisieran decir: “Si nosotros no podemos salir, tú tampoco lo harás”, no sé si es por envidia, por no permitir que otro triunfe, por despecho o por no saber perder, pero así obran los cangrejos.

Asentí con la cabeza, mientras sonreía, el viejo marino me acababa de dar una lección que jamás iba a olvidar, sabía lo que me quería decir, y sabía que quería que encontrase la analogía entre los crustáceos y los seres humanos, así que le dije:

– Ah, menos mal que los seres humanos no somos así, ¿no?

Él me miró con cara de satisfacción, sabía que yo había aprendido la lección y me contestó.

– Los seres humanos somos igualitos que los cangrejos, cuando alguien trata de salir adelante, muchos de sus crustáceos amigos tratan de que no tome decisiones, lo intentan convencer y quitarle la idea de la cabeza. Muchas veces cuando he querido hacer algo importante en mi vida, tomar decisiones o emprender alguna nueva actividad, decenas de cangrejos, disfrazados de amigos, conocidos o familiares, me han tratado de agarrar con sus pinzas y patas para que no me saliese del cubo. En tu mano está dejarte agarrar o escapar del cubo, sin duda un cangrejo no debe de estar encerrado en un cubo y una persona no debe de estar encerrada o aprisionada en su presente. !!! Amigo, no dejes que los cangrejos te agarren, salta del cubo !!!.

Lo miré, en ese momento entendí que ese viejo lobo de mar sabía más de mí que yo mismo, entendí que estaba en ese momento y en ese lugar para darme esa lección, justamente esa lección que era la que necesitaba escuchar. Le tendí mi mano y me despedí, dándole las gracias por la lección.

Me dispuse a irme de aquella playa y al volver la vista atrás, unos metros más allá, el viejo me despidió llevándose el dedo índice a los labios “Shhhhh“, como queríendome decir que no espantase a los cangrejos, que fuese a lo mío sin despertar su atención.

 

Diego Gallardo

Mentoring & Coaching en la Era Digital

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